Sección 1 — Quién soy

El giro

El momento en que la búsqueda se detiene

Quiero contarte de un momento en una conferencia de hombres.

Era un tiempo de sanidad profunda. Estábamos tomando la Santa Cena —esa pausa callada y sagrada en medio de todo— y recibí una imagen.

Estaba en un gran salón de banquete medieval. Mesas largas, luz de velas, el calor de una fiesta en pleno apogeo. Yo había entrado por las puertas de atrás y estaba parado al fondo, como uno se para cuando no está seguro de pertenecer. Lo bastante cerca para mirar. Lo bastante lejos para desaparecer si hacía falta.

Arriba, en la mesa principal, estaba Jesús. Rodeado de sus amigos cercanos, conversando a fondo. De esas mesas a las que uno no se acerca así nomás.

Y entonces levantó la vista. Empezó a recorrer la sala con la mirada. Y se puso de pie.

«¿Dónde está mi buen amigo Donald? Tengo un lugar para él aquí mismo».

Me vio al fondo.

Y casi corrió.

No un saludo con la cabeza. No una seña desde el otro lado del salón. Vino hasta donde yo estaba parado —inseguro, sintiéndome no invitado, al fondo— y me llevó del brazo hasta su mesa. A un lugar que ya había guardado. Para mí.

Sentí que pertenecía por primera vez en mi vida.

No porque hubiera descifrado algo. No porque hubiera completado la evaluación correcta, o encontrado el papel correcto, o me hubiera limpiado lo suficiente como para merecer un asiento. Sino porque alguien que me conocía —que de verdad me conocía— había estado buscándome. Y se alegró de que yo estuviera ahí.

Ahí fue cuando Jesús se volvió real para mí. No una doctrina. Una persona. Un amigo que se pone de pie cuando entras al salón.

De eso se trata este sitio.

No de otro marco de trabajo. No de otra herramienta para entender tu tipo de personalidad. Esas cosas tienen su lugar; ya llegaremos a eso.

Pero la respuesta a quién soy nunca iba a venir de un perfil.

Siempre iba a venir de una persona.

Y Él ya se está poniendo de pie.

Escritura

“Ya no los llamo siervos… los he llamado amigos.”— Juan 15:15